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¿Cuándo ser guarro no está mal visto?

A cualquier persona que nos consideramos más o menos educados no se nos ocurriría hacer ciertas cosas que nos parecen tercermundistas, "cerdadas", vamos. Por ejemplo, no esparcimos la basura de casa por la calle. No defecamos en  medio de la acera. Es más, si viéramos a alguien haciéndolo nos sentaría fatal. Sin embargo, cada uno tenemos el listón en un punto. ¿Qué quiero decir? Que es habitual ver como un fumador tira, tranquilamente la colilla al suelo cuando ha acabado. Y es, tristemente, también normal ver cómo en cualquier parque de España  unos padres sentados tranquilamente en un banco comiendo pipas y dejando un absoluto desastre de cáscaras en el suelo con toda normalidad. No sólo se provoca un ensuciamiento innecesario, sino que se genera un nefasto ejemplo a los niños. Y aún, alguno de esos "ensuciadores compulsivos" despotricará contra el ayuntamiento de turno porque los servicios de limpieza no actúen más. Necesitarían uno detrás de cada uno para compensar tanta guarrería.

Está claro que a veces el vivir en comunidad supone realizar ciertos esfuerzos, e incluso sacrificios, pero cuando el ser socialmente correcto cuesta tan poco como el tirar las cáscaras de pipas a una bolsa o la colilla a una papelera no parece nada lógico que una persona civilizada no lo haga. El daño que se causa a cambio de ahorrarnos ese minúsculo trabajo no es sólo una cuestión de limpieza: afecta a la autoestima social. Nos acostumbramos a vivir entre suciedad y eso nos transmite el mensaje de que no merecemos algo mejor.

Tengamos en cuenta esos pequeños detalles, que no cuestan nada pero que causan mucho daño social.

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